Preocuparse es una forma de sufrimiento anticipado. Nos adelantamos a los hechos, nos internamos en escenarios posibles —a menudo improbables— y dejamos que la mente construya un futuro que todavía no existe, mientras se ausenta del presente que sí existe, rompiendo el vínculo con lo que es.

Cuando una circunstancia se entromete en el curso deseado de las cosas, solemos decir que tenemos un problema. Pero un problema no posee entidad propia. En el mundo natural, las cosas simplemente suceden; nada ocurre “para que alguien lo entienda”. El problema surge cuando lo que sucede contradice lo que deseamos que suceda.

Nuestra falta de tolerancia a la incertidumbre, la necesidad de control y la expectativa de que el mundo gire a nuestra conveniencia nos llevan a buscar soluciones a cualquier contrariedad. En ese intento de control, la mente se aferra a la preocupación como si fuera una herramienta útil, cuando en realidad solo amplifica la ansiedad.

Decimos que no vale la pena preocuparse, pero lo hacemos constantemente. Tal vez porque creemos que preocuparse es una forma de hacernos creer que cuidamos, que somos responsables o de que nos preparamos. Sin embargo, la preocupación no resuelve: desgasta.

Preocuparse, en su justa medida, puede tener una función preventiva; pero cuando se instala como hábito, deja de preparar para la acción y comienza a desgastarla.

Es como una rueda que gira sin avanzar, consume energía sin producir movimiento.

Además, la preocupación no solo afecta la mente, también incide directamente en nuestra salud corporal. Mantenerse en un estado de alerta constante eleva los niveles de cortisol, la hormona del estrés, lo que puede generar alteraciones del sueño, cambios en el estado de ánimo, irritabilidad o decaimiento. Todo ello impacta en la manera en que nos relacionamos con los demás: una mente preocupada se vuelve impaciente, menos empática y más reactiva. Así, la preocupación termina erosionando no solo el bienestar individual, sino también el entorno relacional.

A nivel mental, la preocupación constituye un verdadero obstáculo para la resolución de problemas. De hecho, podríamos hablar de un sesgo de preocupación: una tendencia de la mente a sobredimensionar lo negativo o lo incierto, bajo la falsa creencia de que pensar más sobre ello ayudará a manejarlo mejor. Pero ocurre justo lo contrario: cuanto más nos preocupamos, más estrecha se vuelve la mente y menos capacidad tenemos para comprender o resolver con claridad.

Con el tiempo, esta forma de pensar genera un estado de tensión permanente que reduce nuestra capacidad para ver con serenidad lo que sucede. Y es evidente que cuanto más preocupados estamos, más necesario se vuelve serenarse. Solo desde la calma puede desarrollarse una comprensión amplia que no busca controlar, sino entender; que no impone expectativas, sino que se abre a lo que acontece.

No se trata de anular la capacidad de anticipar o de actuar, sino de liberar a la mente del exceso de ruido que impide ver con claridad lo que verdaderamente requiere atención.

Ante todo esto, es inevitable preguntarse:

¿Cómo recuperar la serenidad necesaria para habitar la realidad sin temor?

¿Con qué actitud puedo enfrentar los problemas sin pasar por el calvario de la preocupación?

La respuesta no es hacer más, sino aceptar.

Aceptar no es resignarse ni renunciar. Resignarse es claudicar, es rendirse con amargura ante las circunstancias. Aceptar, en cambio, es comprender. Comprender que, aunque no siempre podamos controlar lo que sucede, sí podemos elegir cómo responder.

Aceptar no es pasividad, sino lucidez. Es dejar de luchar contra la realidad para poder relacionarnos con ella con serenidad. Desde esa calma, lo que antes era un problema se convierte en un hecho con el que podemos convivir, transformar o simplemente dejar pasar.

Aceptar no significa dejar de pensar o de actuar, sino hacerlo desde un estado más amplio y sereno, donde la mente no reacciona, sino que comprende.

En el fondo, aceptar es una forma superior de acción: no reacciona desde el miedo, sino que actúa desde la claridad.

La práctica de zazen nos entrena precisamente en eso: en habitar la realidad sin añadirle pensamientos innecesarios. No se trata de eliminar la preocupación, sino de verla venir, reconocerla y dejarla pasar, como una nube que cruza el cielo.

Cada momento aceptado es un instante ganado a la preocupación.

Sigue vigente la advertencia de Dōgen, que nos recuerda la urgencia de vivir despiertos:

“La vida y la muerte son un asunto serio.

El tiempo pasa deprisa.

Sé diligente.

No seas negligente.

No desperdicies ni un momento.”

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