
“Un camino es realmente un camino sólo para quien lo recorre.
Este camino del yo es importante sólo para quien ha sufrido en su ego encerrado en sí y pese a todos sus esfuerzos no ha logrado liberarse de su ‘yo soy yo’.El camino no obliga sino que más bien está desplegado y abierto de forma invitante.”
-Shizuteru Ueda (1926–2019)
Estas palabras del filósofo y profesor japonés Shizuteru Ueda, uno de los grandes intérpretes contemporáneos del pensamiento Zen y del diálogo entre Oriente y Occidente, encierran una enseñanza que trasciende lo religioso o lo académico. Nos habla de la experiencia interior, de la búsqueda de autenticidad y de la libertad que se alcanza cuando dejamos de vivir desde la idea que tenemos de nosotros mismos.
El texto puede leerse como un itinerario con tres momentos: recorrer, despojarse del yo y aceptar la invitación.
1. Recorrer
Vivimos rodeados de discursos sobre la vida, la espiritualidad o el conocimiento. Se estudian, se leen, se comparten. Pero cuando Ueda afirma que:
“Un camino es realmente un camino sólo para quien lo recorre”
Nos recuerda que el verdadero saber no puede transmitirse ni comprenderse desde la distancia. No basta con hablar del camino: hay que vivirlo.
El conocimiento que transforma no es conceptual, sino experiencial. No se obtiene por acumulación, sino por contacto directo con lo que ocurre mientras se avanza. El camino del Zen —como tantos otros caminos vitales— no se puede atisbar desde fuera: solo se revela a quien lo transita mediante la práctica constante, en silencio y atención.
Pero recorrer no es simplemente moverse. Uno puede atravesar paisajes enteros sin que nada cambie dentro de sí. Solo se avanza cuando se camina con presencia, con consciencia de estar caminando.
En la novela de Flavia Company, la maestra Kazuko plantea a Haru el reto de recorrer en cuatro horas un camino que normalmente hace en treinta minutos. Lo que cambia no es el sendero, sino la percepción: lo que antes era invisible —las piedras, las hojas, los sonidos, los matices del aire— se convierte en un mundo vivo que se revela al ritmo de la atención.
Así también en la práctica del Zen: cada paso consciente es un descubrimiento. El camino se borra tras el caminante porque nadie recorre el mismo sendero; cada persona camina el suyo y, al hacerlo, lo crea.
2. Despojarse del yo
La parte más profunda del texto es aquella en que Ueda escribe:
“Este camino es importante sólo para quien ha sufrido en su ego encerrado en sí y pese a todos sus esfuerzos no ha logrado liberarse de su ‘yo soy yo’.”
Esa frase apunta al corazón del sufrimiento humano: la prisión del yo. El ego, cuando se aferra a una imagen fija de sí mismo, se convierte en un obstáculo. La identidad se endurece, se vuelve frontera. Nos creemos lo que decimos ser y, al hacerlo, dejamos de ser otra cosa posible. Como en la pintura de René Magritte en la que bajo la imagen de una pipa puede leerse “Esto no es una pipa”, la afirmación “yo soy yo” es también una representación, una construcción mental. No es la realidad del ser, sino su dibujo.

El camino del “yo no soy yo” no es un juego de palabras: es una experiencia radical. Implica soltar la autoimagen, deshacer las ficciones con las que intentamos controlarlo todo. Supone atravesar el miedo a la indefinición, a la vulnerabilidad, y descubrir que, al perder el yo, nada se pierde realmente: se gana amplitud, se gana vida.
Este camino confronta al narcisismo cotidiano, al deseo de reconocimiento y pertenencia que alimenta la cultura del yo. Solo quien ha sentido esa tensión interior, esa lucha entre el personaje y lo real, puede comprender la libertad que ofrece soltarla.
3. Una invitación
Finalmente, Ueda concluye:
“El camino no obliga sino que más bien está desplegado y abierto de forma invitante.”
Pocas frases resumen mejor la esencia del Zen. El camino no impone, no exige, no promete. Está ahí, abierto, esperando la mirada de quien decide recorrerlo. No hay dogma ni mandato, solo una invitación silenciosa a descubrir lo que somos cuando dejamos de defender lo que creemos ser.
Caminar este camino no es una obligación, sino un acto de libertad y de responsabilidad. Es responder a una llamada interior, aceptar la disolución de los límites personales y dejar que la experiencia nos transforme.
Por eso el Zen no puede transmitirse en fórmulas ni enseñarse en discursos. Solo se reconoce desde dentro, en el silencio del propio recorrido.
Solo quien lo camina puede comprender lo que realmente significa.
Shizuteru Ueda (1926–2019) fue un filósofo japonés de la tercera generación de la Escuela de Kioto y maestro zen de la tradición Rinzai. Discípulo de Keiji Nishitani, estudió en Alemania la obra de Meister Eckhart, lo que orientó su pensamiento hacia el diálogo entre el misticismo cristiano y el budismo zen. Profesor en la Universidad de Kioto, desarrolló una filosofía del lugar (basho) y del “yo como no-yo”, integrando la fenomenología con la experiencia del vacío y la práctica meditativa. Su obra —entre la que destaca Zen y filosofía, de donde procede la frase que comentamos en este artículo— constituye un puente fecundo entre Oriente y Occidente y una invitación a pensar la existencia desde la apertura radical del silencio y la no-dualidad.
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