
En su libro: Sobre Dios, Byung-Chul Han dedica un capítulo a la Descreación, donde, a partir del pensamiento de Simone Weil, se adentra en la esencia misma de la espiritualidad.
“Descreación: hacer que lo creado pase a lo increado.” Con esta definición, Han abre un horizonte donde la lògica habitual del pensamiento se disuelve. Weil y Han apuntan hacia una vacuidad que no es carencia, sino plenitud sin forma, una realidad previa a todo contenido y, por tanto, imposible de captar con el pensamiento. No es el vacío de lo inexistente, sino el espacio originario donde todo comienza a ser.
No tiene sentido preguntarse cómo se entiende esto, porque en realidad no puede entenderse. Solo puede intuirse, como una presencia silenciosa e ilimitada que desborda toda palabra. Intentar explicarla sería reducirla, aprisionarla en el pensamiento, como hacemos con todo aquello que analizamos o nombramos para poder comprenderlo. Pero esto —precisamente— no puede ser comprendido, solo sentido, como algo que está, pero somos incapaces de definir.

Algo semejante ocurre en la tradición judía, donde Dios no puede ser nombrado porque lo divino, lo absoluto, lo inconmensurable, no puede ser contenido por el lenguaje. Por eso, el nombre sagrado, el Tetragrámaton (las cuatro letras para nombrar a Dios), dejó de pronunciarse por reverencia y temor a profanarlo. Ese silencio no oculta, sino que reconoce los límites del lenguaje ante lo que no puede decirse.
¿Cómo puede la Nada crear? Tal vez porque esa “Nada” solo lo es para nosotros, que no sabemos abarcarla ni nombrarla. A lo sumo la llamamos “vacuidad”, aunque incluso ese nombre es una concesión del lenguaje a lo inimaginable. Y, sin embargo, esa vacuidad constituye el origen de todo. Llámalo energía, conciencia absoluta, campo cuántico, inteligencia cósmica, Brahman, silencio primordial, Tao, Dios… o simplemente principio. Es la gran oscuridad —por decir algo— de la que surgió el Big Bang. De esa plenitud invisible brotó todo lo creado.
La descreación consiste, entonces, en volver hacia la gran vacuidad. Weil y Byung-Chul Han lo expresan claramente: “La descreación nos conduce más allá de lo creado y nos acerca al acto (divino) de la creación.”No se trata de destruir, sino de liberar lo creado de su rigidez, de su identidad fija, para permitirle volver a su origen.
Descrearse significa dejar de creerse algo, olvidarse de sí, dejar de identificarse tanto con el pensamiento como con su ausencia. Volver al vacío. Es un proceso de desapego profundo que deshace la trama del yo y su empeño por ser, por tener, por definirse.
Han advierte con lucidez: “Hoy en día, bajo la presión de la autenticidad, tratamos desesperadamente de ser algo, alguien.” Esta compulsión por afirmar una identidad, por mostrarse o hacerse visible, es la negación misma de la descreación. Porque la autenticidad entendida como autoafirmación es lo opuesto a la autorrenuncia. La descreación, en cambio, invita a no ser nada, nadie, a practicar una forma de vaciamiento que nos devuelva a lo esencial.
Volver a la vacuidad no es huir del mundo, sino reconciliarse con su origen. Es reconocer que toda forma es transitoria, que toda palabra apunta hacia lo innombrable. En ese reconocimiento silencioso, quizás se roza de nuevo el acto creador: un instante en el que todo vuelve a ser uno y uno se ve en todo.
¿Será esto a lo que despertó la mente iluminada del Buda?
Un texto con profundas e íntimas conexiones con el Zen, sin duda.
Simone Weil (París, 1909 – Ashford, 1943) fue una filósofa, mística y activista francesa cuya obra combina una intensa reflexión intelectual con una profunda experiencia espiritual. De formación racionalista y comprometida con la justicia social, su pensamiento derivó hacia una metafísica de la atención y la renuncia. En textos como La gravedad y la gracia o A la espera de Dios, desarrolló la idea de la “descreación”: el acto por el cual el ser humano, al vaciarse de sí mismo, se aproxima a lo divino. Para Weil, solo a través de esa vacuidad interior podía abrirse un espacio para la verdad y la compasión.
Byung-Chul Han (Seúl, 1959) es un filósofo surcoreano afincado en Alemania, profesor en la Universidad de las Artes de Berlín y una de las voces más influyentes del pensamiento contemporáneo. Su obra, de reconocimiento internacional, combina la crítica tecnológica, social y cultural con una reflexión sobre el sentido del ser en la sociedad actual. Entre sus trabajos destacamos aquí Filosofía del budismo Zen, donde se aproxima al pensamiento oriental para explorar la experiencia del vacío, el silencio y la disolución del yo más allá de los límites del lenguaje. Años después, en Sobre Dios, Han retoma esa intuición desde la tradición occidental a través de Simone Weil, estableciendo un diálogo entre ambas perspectivas en torno a una misma búsqueda: comprender lo sagrado y lo inefable como aquello que precede a toda creación y a todo pensamiento.
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