
Hay objetos que, por su belleza o por su historia, parecen destinados a ser poseídos. Un kesa transmitido de maestro a maestro, guardado en un sobre delicadamente decorado, podría parecer una pertenencia preciada, un tesoro que alguien conserva como signo de estatus o de mérito.
Sin embargo, la verdadera enseñanza de esa transmisión no está en la belleza del objeto, sino en el gesto de desprendimiento.
Cuando un maestro entrega su kesa a quien transmite la maestría, no está regalando algo que “le pertenece”. Está reconociendo que nunca fue suyo. Durante un tiempo, ese manto pasó por sus manos; fué cuidado, usado, honrado. Pero su destino no era quedarse, sino continuar.
Nada de esto se posee.
La tradición lo recuerda de muchas formas. Existen violines antiguos que han atravesado generaciones de músicos. Preguntado por su instrumento, un violinista afirmó que aquel violín era más antiguo que él, que no era su violín; más bien, él era su violinista en este momento. El instrumento no le pertenecía: él pertenecía a la cadena de intérpretes que lo han servido y lo servirán.
Lo mismo ocurre con el kesa.
El antiguo poseedor no transmite una propiedad, sino una responsabilidad. El nuevo maestro no adquiere un objeto: se integra en una continuidad. El kesa no cambia de dueño; cambia de custodio. El no apego no consiste en despreciar lo valioso, ni en fingir indiferencia ante la belleza. Consiste en comprender que todo lo que pasa por nuestras manos tiene una historia anterior y un destino posterior. Somos un tramo en el recorrido de las cosas. Nada más
No se trata de un derecho
En este contexto, portar el kesa no es un privilegio. No es un derecho que se conquista ni un símbolo que se exhibe. Se parece más a una obligación.
El kesa, en los momentos rituales, debe envolver el cuerpo del monje. No para honrar al monje, sino para cumplir su propia naturaleza. De la misma forma que la naturaleza de un violín es ser tocado, la del kesa es ser llevado. Cuando permanece guardado por orgullo, por temor o por apropiación simbólica, se traiciona su sentido.
Aunque el kesa haya sido cosido por el propio monje —puntada a puntada, en silencio, como parte de su preparación— no nace como algo suyo. Le es entregado en la ordenación. El acto de coser no genera un derecho. El kesa se recibe como encargo, no como posesión.
La relación entre el monje y el kesa no es de propiedad, sino de servicio mutuo. El monje sirve al kesa cumpliendo la obligación de vestirlo cuando corresponde. No lo usa cuando quiere, sino cuando debe. Y el kesa sirve al monje recordándole que no le pertenece, que no es ornamento ni afirmación de identidad, sino parte de una tradición que lo precede y lo trasciende.
En esa diferencia se encierra una enseñanza decisiva: lo que pasa por nuestras manos, incluso aquello que nace de nuestro esfuerzo, puede no estar destinado a pertenecernos, sino a ser custodiado y servido mientras dure nuestro turno. Desde esta perspectiva, el derecho deja de serlo y se transforma en obligación.
El derecho se apoya en la idea de posesión: “me corresponde”, “es mío”, “lo he ganado”. La obligación, en cambio, se apoya en la conciencia de que algo nos ha sido confiado. No como premio, sino como encargo.
Lo que pasa por nosotros
El no apego es una forma de lucidez. Nada de lo que usamos, vestimos o custodiamos nos pertenece de manera definitiva. Incluso el cuerpo que envuelve ese kesa es transitorio.
Wislawa Szymborska lo expresó con claridad en su poema Nada es regalo:
Nada es regalo, todo es préstamo.
Estoy de deudas hasta el cuello.
Conmigo misma deberé pagar
por mí misma,
dar la vida por mi vida.
Nada es regalo: todo es préstamo. También el kesa, el propio cuerpo. Todo ha sido confiado por un tiempo y todo deberá ser devuelto.
Las cosas pasan por nosotros como nosotros pasamos por ellas.
Comprender esto libera del aferramiento y, al mismo tiempo, pone foco en el cuidado. Si nada es mío, todo debe ser tratado con respeto. Si solo soy el violinista momentáneo, debo tocar el instrumento con la mayor dignidad posible. Si solo soy el custodio temporal del kesa, debo honrarlo cumpliendo con la obligación de llevarlo cuando corresponde.
No se trata de renunciar al mundo, sino de habitarlo sin apropiación.
En la transmisión del kesa, como en la del violín antiguo, se revela una enseñanza sencilla y exigente: no somos propietarios, somos eslabones. Y aquello que hoy nos envuelve o nos acompaña no es un derecho que ejercer, sino una responsabilidad que asumir mientras dure nuestro turno.

Este texto está dedicado e inspirado en una conversación con Tai Jaku [泰寂], que ha recibido, en la transmisión como maestro calígrafo, los pinceles, el tintero y un kesa —caligrafiado con el Hannya Shingyō— de su primer maestro en el shodō.
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