En nuestra época se ha extendido la práctica de acudir a la ciencia para validar cualquier experiencia. Vivimos rodeados de estudios, estadísticas y demostraciones que parecen otorgar a las cosas un marchamo de realidad incontestable. La práctica meditativa, el budismo y el Zen no han quedado al margen de esta tendencia: cada vez más a menudo se buscan resonancias, explicaciones neurológicas o paralelismos con la física cuántica para justificar caminos que, durante siglos, se han sostenido por su propia evidencia interna.

No hay nada objetable en que la neurociencia, la psicología contemplativa o la física moderna exploren los efectos o correlatos de la meditación. De hecho, es un trabajo valioso que ayuda a comprender mejor los mecanismos implicados en la atención, la regulación emocional o la plasticidad cerebral. Figuras como B. Alan Wallace han impulsado diálogos rigurosos entre la experiencia contemplativa y el conocimiento científico, y ese encuentro es fértil cuando cada ámbito respeta el lenguaje y el propósito del otro.

Del mismo modo, resulta sugerente detectar resonancias entre ciertas intuiciones espirituales antiguas —como la interdependencia o la no-forma— y algunos planteamientos de la física contemporánea. Es lógico que nos llame la atención cuando dos enfoques tan distantes convergen en formas parecidas de describir la realidad. Ese tipo de puentes puede inspirar, abrir perspectivas y enriquecer la comprensión de lo que entendemos por realidad y por la vida en general. Y también es significativo que, a través del método científico, empiece a considerarse posible —o incluso plausible— aquello que generaciones de meditadores y meditadoras han verificado en silencio, siglo tras siglo, uno a uno, por experiencia directa.

Pero una cosa es establecer vínculos fuera de la práctica y otra muy distinta es utilizarlos para legitimar, objetivar o racionalizar lo que ocurre en zazen. Ahí es donde conviene detenerse y afinar la mirada.

¿Por qué hacerlo? ¿Qué impulsa a rellenar el discurso con datos, estudios o correlaciones científicas? ¿Se trata de desespiritualizar la práctica, de hacerla más aceptable en un contexto secularizado y presentarla como algo “razonable” y alineado con los criterios dominantes de verdad? ¿Responde, quizá, a una necesidad más personal de mostrarse —ante los demás o ante uno mismo— como alguien informado y riguroso, que no se mueve a ciegas, sino que contrasta y valida aquello que practica? ¿O es, sencillamente, una combinación de ambas cosas?

Sea cual sea la motivación, el efecto suele ser el mismo: la práctica queda legitimada y, al mismo tiempo, subordinada a un discurso que no necesita.

Legitimada porque el aval científico le confiere un estatuto de validez social, como si solo aquello que puede explicarse, medirse o demostrarse mereciera ser tomado en serio. Subordinada porque el peso de la racionalidad científica en nuestra cultura es tan grande que resulta difícil sostener algo al margen de sus criterios sin que quede automáticamente desautorizado. En ese punto, lejos de enriquecer la práctica, ese discurso la desplaza, la tiñe y termina condicionando la manera en que se comprende y se vive. La ciencia busca describir, explicar y establecer regularidades a partir de métodos contrastables; necesita conceptos, mediciones y marcos interpretativos. En cambio, el sentido del Zen no es explicar la experiencia, sino situarse plenamente en ella, sin mediaciones ni justificaciones externas. El Zen es una práctica espiritual, no científica, y confundir estos planos no los enriquece: los desdibuja.

El Zen no busca convencer, ni captar seguidores, ni demostrar nada. No nació para justificarse. Su fuerza no depende del prestigio de un experimento ni del brillo de una teoría y cuando lo revestimos de discursos externos para hacerlo más aceptable o moderno, lo alejamos de su esencia: la radical simplicidad de lo que solo se comprende al experimentarlo. La tradición zen nunca ha apoyado su sentido en la adhesión intelectual ni en argumentos de autoridad; su propuesta consiste en ofrecer un espacio donde mirar sin adornos, sin necesidad de avales ni explicaciones. Taisen Deshimaru lo expresó con una claridad difícil de superar: «Si quieres comprender el Zen, deja de pensar y simplemente siéntate». La comprensión surge de la práctica, no del razonamiento, ni de la teoría, ni del prestigio de un estudio.

El diálogo entre ciencia y contemplación puede ser valioso mientras no olvidemos esto: dialogar no es justificar. La meditación no transforma porque un estudio lo pruebe, sino porque modifica la forma en que habitamos nuestra propia vida. Y el Zen no necesita el aval de nada para existir. Simplemente está ahí, disponible para quien decide sentarse.

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