Shikantaza suele traducirse como sentarse y nada más. A simple vista, parece sencillo: basta con sentarse. ¿Qué podría tener de complicado algo tan básico? Pero es justo ahí donde nace la verdadera dificultad: en ese “nada más” que suele pasar inadvertido y, sin embargo, lo cambia todo.

En la práctica del zen, la postura es clave. No se trata simplemente de acomodarse en un cojín, sino de adoptar una asana: una postura corporal heredada de las antiguas tradiciones meditativas de la India. Siddharta Gautama, antes de convertirse en el Buda, fue un practicante riguroso de distintas disciplinas yóguicas de su época. Se sentó bajo el árbol de la Bodhi en una postura estable y simétrica, profundamente enraizada en ese saber ancestral que ya comprendía la estrecha relación entre cuerpo, respiración y mente. La espalda erguida, el mentón ligeramente recogido, las manos en el mudra del zazen. Todo ello permite una respiración libre, profunda y estable, que crea las condiciones físicas para que la mente también pueda asentarse.

Y, sin embargo, el corazón del shikantaza no está en la postura. Ni siquiera en la respiración. Está en el nada más. Ahí radica la fuerza de la expresión y se esconde el verdadero abismo. Solemos darle peso al “sentarse” y considerar el “nada más” como un simple subrayado de esa importancia. Pero no: la fuerza de la expresión está en este enigmático “y nada más”.

Porque nada más significa exactamente eso: nada más. No añadir, no corregir, no perseguir, no rechazar, no esperar. Solo sentarse. No se trata de concentrarse en un objeto, ni de observar los pensamientos, ni de escanear el cuerpo, ni de repetir un mantra, ni de contar respiraciones. Se trata de no hacer nada más que estar presente. Estar presente sin intención, sin juicio, sin esfuerzo. Eso es lo más difícil de todo.

En shikantaza no se lucha contra los pensamientos que aparecen, ni se intenta suprimirlos. No se hace nada con ellos. Solo sentarse, nada más.

Por eso shikantaza es tan exigente. Porque desarma cualquier expectativa. No ofrece técnicas para calmar la mente ni un camino para alcanzar un estado deseado. No promete resultados. Es una práctica desnuda y radical precisamente porque no busca nada.

Pocas cosas en la vida moderna nos exigen tan poco y, al mismo tiempo, nos enfrentan tan profundamente a nuestra manera de estar en el mundo. En un entorno donde todo tiene que tener un objetivo, una utilidad o una mejora asociada, shikantaza es un gesto de ruptura. Sentarse y no hacer nada. No para escapar, sino para estar completamente. No para convertirse en alguien mejor, sino para dejar de intentar ser algo distinto de lo que ya se es.

Esa es la paradoja de shikantaza: al no perseguir nada, permite que todo emerja tal como es.

Los caracteres chinos que aparece en esta imagen significan :

  • 只管 (shikan): “únicamente”, “sin más”, “tan solo”.
  • 打坐 (taza): “sentarse en meditación” (打 = golpear/realizar, 坐 = sentarse).

Es decir, Shikantaza: “simplemente sentarse en meditación”.

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