Pinos, de Hasegawa Tōhaku, en el Museo Nacional de Tokio.

Hay encuentros que son, en sí mismos, una forma de aprendizaje silencioso. Tener cerca a personas con la capacidad y el criterio estético de Tai Jaku [泰寂] es uno de ellos. No sólo por lo que saben, sino por cómo lo comparten: con una generosidad que abre puertas sin hacer ruido.

En esta ocasión, partimos de un artículo de Alicia Ramos González (Universidad de Sevilla) que Tai Jaku nos ha dado a conocer, en el que se abordan dos conceptos profundamente asociados al zen —wabi y sabi—, pero que, en realidad, trascienden esta tradición y se abren a una comprensión estética y vital más amplia.

El texto original analiza el encuentro entre los horizontes culturales de Oriente y Occidente, deteniéndose en el choque —a principios del siglo XX— entre dos concepciones de la naturaleza y en su reflejo en las vanguardias artísticas. A partir de ahí, recogemos y reescribimos algunas de sus ideas para acercarnos a los conceptos de wabi y sabi.

Hay, además, en la forma en que la autora se acerca a estos conceptos, una delicadeza que convierte el texto en una auténtica preciosidad.

A partir de la lectura de Historia del vacío todopoderoso, de Alicia Ramos González (Universidad de Sevilla)

WABI

Wabi [侘] remite a una forma de simplicidad que no es pobreza entendida como carencia, sino como elección consciente de despojarse de todo aquello que interfiere en lo esencial. Es una estética de la reducción: prescindir de los artificios que convierten la belleza en apariencia para acercarse a una belleza más desnuda, más interior, más espiritual. Expresar lo bello con lo mínimo no es aquí un recurso formal, sino una forma de conocimiento.

En este sentido, wabi es también una vía del zen. No se limita al ámbito artístico, sino que refleja una manera de estar en el mundo: desprenderse de lo superfluo, de los bienes y acumulaciones que nos alejan de nuestra propia naturaleza y dificultan el fluir de la experiencia. Ese despojamiento no empobrece, sino que abre la posibilidad de una relación más directa con lo que es, con una naturaleza entendida en un sentido amplio, casi universal.

En la pintura japonesa, esta actitud se traduce en una extrema contención: pocos trazos, pero cargados de sentido. No se busca describir, sino sugerir; no ocupar el espacio, sino dejarlo hablar. Esta manera de hacer encontró eco en Occidente a través del minimalismo, aunque en su origen responde menos a una voluntad formal que a una búsqueda interior.

Un ejemplo especialmente revelador es la obra de Sengai Gibon, que condensa la idea de «Universo» en tres figuras básicas: un círculo, un triángulo y un cuadrado. Apenas tres trazos que, sin embargo, contienen una visión completa. La reducción no limita, sino que permite representar algo inmenso.

Universo”, de Sengai Gibon (1750 – 1837)

Esta sensibilidad ha trascendido la pintura y ha dejado una huella profunda en la arquitectura contemporánea. La encontramos en Le Corbusier, en su búsqueda de proporción y medida, y en el organicismo de Frank Lloyd Wright, con obras como la Casa de la Cascada, donde la construcción se integra en el entorno en lugar de imponerse. En todos estos casos, aparece una misma orientación: hacer menos para que lo esencial pueda emerger.

La Casa de la Cascada o Casa Kaufmann (inglés: Fallingwater o Kaufmann House) es una casa construida para Edgar Kaufmann entre 1935 y 1939 según los planos del arquitecto estadounidense Frank Lloyd Wright.

SABI

Sabi [寂] puede entenderse como una forma de soledad que no remite al aislamiento, sino a una presencia desnuda de la naturaleza. Es la experiencia de lo que queda cuando desaparece lo accesorio: un silencio lleno, una quietud que no necesita ser llenada.

Esta sensibilidad se percibe con claridad en los jardines japoneses, muy alejados de la concepción occidental. Frente a los jardines pensados para el disfrute social —llenos de color, de formas recortadas, de flores llamativas y, a menudo, traídas de lugares lejanos—, el jardín oriental se configura como un espacio de recogimiento. No busca impresionar, sino disponer las condiciones para una experiencia más íntima.

No es casual que, en Oriente, la jardinería sea considerada una de las grandes artes. En cambio, en Occidente ha quedado relegada al ámbito del oficio, como si su carácter cambiante la situara fuera de lo artístico. El jardín, al no ser permanente, parece no encajar en una concepción del arte asociada a la duración. Y, sin embargo, es precisamente en su transformación —en su adaptación al paso de las estaciones— donde reside gran parte de su sentido.

Esta diferencia revela también dos maneras de relacionarse con la naturaleza. Como señala Alicia Ramos González:

Occidente ama las flores, pero detesta a las plantas. Ama a la naturaleza en su bello apogeo, en su voluptuosidad, pero la detesta en su acontecer diario.

La mirada oriental, en cambio, se aproxima a la naturaleza sin corregirla. La acepta en su imperfección, en su transitoriedad, en su forma de darse tal como es. No hay intención de embellecerla, sino de percibirla.

En este contexto, la ausencia adquiere un papel central. La falta de ornamento —de flores exuberantes, de objetos decorativos— no empobrece el espacio, sino que evita la distracción. Permite que la atención se desplace hacia lo esencial: las rocas, las hojas, los matices del color, la relación entre los elementos. Incluso lo que podría parecer abandono —las hojas caídas, el desorden del viento— forma parte de esa estética.

Son espacios en los que la soledad no pesa, sino que sostiene. Lugares donde las formas irregulares, incompletas, adquieren significado, y donde la naturaleza se muestra sin mediaciones.

Esta misma sensibilidad aparece en la pintura zen, donde el vacío no es ausencia, sino condición. El espacio no ocupado no está ahí para ser llenado, sino para que lo que aparece pueda respirar.

Orquídeas y bambú de Zheng Xie, año 1740.

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