Se cuenta la historia de un monje que se retiró a la montaña. Durante años vivió allí, apartado de toda compañía, con el único propósito de conocerse, de aprender a gobernar sus emociones y alcanzar el satori. Meditó cada día, a solas, sin más testigo que la pared ante la que se sentaba y el viento. Y llegó un momento en que creyó haberlo conseguido.

Bajó entonces a la aldea. Quería compartir lo alcanzado, enseñarlo. Pero apenas puso un pie en la calle, deslumbrado por el ruido, los puestos, la gente que iba y venía, alguien, sin querer, le pisó con fuerza. Y el monje, con el pie aún dolorido, montó en cólera.

Esta anécdota suele traerse a colación para hablar de la importancia de la sangha, de la comunidad, en la práctica de la meditación. Se dice, casi como axioma, que practicar con otros es condición sine qua non del zazen. Puede que sea cierto, y tiene sentido que lo sea. Pero conviene no precipitarse. Que la práctica se beneficie de la comunidad no significa que deje de ser, en su esencia, un asunto estrictamente personal. Me explico.

Hay buenas razones para practicar con otros. La primera se desprende de la propia historia con la que empieza este artículo: el yo se manifiesta con especial nitidez en presencia del otro. A solas, no hay nada que lo confronte; en compañía, en cambio, su presencia se hace evidente y eso deja espacio a su olvido. La soledad, en ese sentido, conlleva un riesgo silencioso; deja al practicante a solas con su yo, y a fuerza de estar solo con él, termina confundiéndose con él. Somos gotas en un mar y la gota que solo se mira a sí misma olvida el mar y también que sólo es gota.

También se suele decir que meditar en grupo libera una energía que cada persona integra en su propia meditación. Es un argumento atractivo pero que a algunas personas les parece discutible ya que remite a una física (o a una metafísica) de la energía que no todo el mundo comparte y que, dicho sea de paso, tampoco hace falta compartir para seguir practicando con sentido.

Pero visto de otro modo, la idea adquiere sentido. Pensemos en la actividad de correr. No es lo mismo correr solo que correr en grupo: el grupo tira de cada uno de sus miembros, ayuda a mantener el hábito en los días en que uno, por su cuenta, se habría quedado en casa. Más aún, ayuda a sobrellevar el cansancio, como si tuviera un componente “energetizante”. Todas y todos tenemos, me atrevo a decir, alguna experiencia de esto. Ya sea con correr o con cualquier otra actividad.

Algo parecido ocurre con zazen. No hace falta invocar energías sutiles para reconocer que la comunidad empuja donde el individuo solo, flaquea. Pero también es verdad que la consciencia (a veces sobrecogedora) del silencio que parece construido entre todos los allí presentes, confiere a la experiencia un eco que resuena en la propia sentada. Además, la práctica existe en torno a zazen, en el silencio respetuoso de los vestidores, en coordinarse para entrar y salir del dojo o en acompasar y armonizarse con los otros en los diferentes rituales.

Ahora bien, que zazen se recomiende practicarlo en comunidad no lo convierte en una actividad colectiva. Zazen es, siempre, un asunto personal. Nace de la persona y lo lleva la persona, esté sola o rodeada de una sangha entera. Ni siquiera Buda despertó acompañado: lo hizo solo, bajo un árbol, después de separarse de quienes hasta entonces practicaban junto a él. Solo después fundó una comunidad para acompañar el camino de cada cual. Además (y esto puede parecer prosaico) no todos los practicantes viven cerca de un dojo. Los dojos abren a determinadas horas, en determinados días, que pueden no coincidir con la vida de quien querría sentarse en ellos. Convertir zazen en una práctica esencialmente colectiva es, para muchos, atarla a las limitadas posibilidades del entorno.

Hay, además, otro riesgo. El mismo tirón que la comunidad ejerce hacia la práctica puede ejercerlo, con la misma fuerza, en dirección contraria. Vuelvo al ejemplo de correr: cuántas personas dejan de hacerlo el día en que se disuelve el grupo con el que salían. Lo colectivo ayuda, sí, pero también puede volverse la condición de la que la práctica termina dependiendo y entonces, cuando falta, la práctica se abandona con ella.

Sería ideal disponer de la posibilidad de hacer zazen en comunidad cada día, pero, entre quienes no cuentan con ese privilegio, lo habitual es que el o la practicante busque sentarse a diario en un rincón de casa reservado para ello, y acudir de tanto en tanto, con cierta regularidad, a un dojo. No una cosa en lugar de la otra, sino las dos, sin que ninguna sustituya a la otra.

Vuelvo, para terminar, al monje del principio. Años de montaña, de soledad, de disciplina sobre sí mismo, y bastó un pisotón, el roce más nimio con otro cuerpo, para que la cólera reapareciera intacta. Cabría preguntarse si aquello prueba que le faltó sangha, el roce cotidiano con los demás que habría desgastado antes esa ira. O si, sencillamente, la cólera habría reaparecido igual, tarde o temprano, ante cualquier roce, se practique solo o acompañado.

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