Fue durante la sesshin de verano. En una asamblea, el maestro invitado explicó cómo llegó al zen. Una historia de juventud en la que aparecían maestros y discípulos memorables que determinaron gran parte de lo que es el zen en Occidente. De esa historia salió una pregunta: ¿dónde están las mujeres en la historia del zen?
Basta recorrer los linajes que se recitan: patriarca tras patriarca. Nombres masculinos que se transmiten el Dharma como se transmite una herencia. Las mujeres aparecen poco, no aparecen o aparecen tarde, recuperadas en algunas listas de matriarcas que algunos centros han añadido en los últimos años. Un gesto de reparación que confirma, precisamente, lo que repara: que no estaban.
La conversación derivó hacia donde suelen derivar estas conversaciones: género, poder, quién habla y quién calla, quién ocupa el centro y quién los márgenes. No es un tema del zen: es un tema de nuestro mundo y el zen está en este mundo. Sería ingenuo pensar que las comunidades de practicantes quedan al margen de las dinámicas que impregnan todo lo demás.
Entonces habló uno de los practicantes más antiguos, un viejo maestro. No negó nada. Dijo que sí, que en el plano de la organización, de la comunidad, de cómo nos tratamos y quién decide, todo eso importa y hay que atenderlo. Pero que la práctica no puede focalizarse ahí. Que sentarse va de otra cosa. Que sentarse va, justamente, de vaciarse, de abandonar la identidad, de descrearse.
Descrearse. Dejar de tener género, profesión, opinión, antigüedad, bandera. Zazen no es un lugar donde afirmar lo que somos: es el lugar donde eso que somos deja de tener sentido. No creación, sino des-creación. Quitarse, no añadirse. Todo lo que me constituye como un yo (esto soy, esto pienso, aquí estoy yo frente a ti) es exactamente el material que la práctica deshace.
Creemos que el muro del dojo deja la vida fuera, pero no la deja. La vida entra con nosotros, vestida de kimono. Entran nuestras luchas, nuestras posiciones, nuestras heridas. Entran en silencio, que es como mejor pasan desapercibidas. Y sin darnos cuenta seguimos practicando frente a alguien, contra alguien, respecto a alguien. Seguimos buscando un mapa y nuestro lugar en él.
Pero la sangha no es un mapa. No es un escenario donde situarse. Ahí está lo extraño: practicamos con otros, pero sin nadie enfrente. Compartimos la sala, la respiración, las horas, y sin embargo nadie se sienta contigo en tu cojín. Nadie puede. El otro, en zazen, no es alguien frente a quien posicionarse, porque en zazen no hay frente.
Esto no resuelve la pregunta de las mujeres en los linajes. No pretende resolverla. Esa pregunta pertenece al mundo y el mundo deberá responderla con sus herramientas. Pero cuando suena la campana, la pregunta ha de soltarse. No porque no importe, sino porque ahora no es su momento. Ahora es el momento de estar aquí.
Como dice este viejo maestro: a la intemperie.

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