Los dos primeros días de sesshin no se parecen a nada de lo que promete la literatura de los retiros o del recogimiento. Uno se sienta y lo que acude no es silencio. Es más bien todo lo contrario, un desfile de pensamientos, muchos absurdos, inconexos, casi psicóticos. Fragmentos que se cruzan sin lógica, restos de conversaciones que nunca tuvieron lugar, imágenes que no reconozco como mías. Si alguien pudiera asomarse a esa mente, solo vería caos.

La imagen que sugiere este estado no es nueva y se usa de manera común en la literatura. Deshimaru hablaba del torbellino de ideas que poco a poco reposa; otros maestros, del estanque de agua clara cuyo fondo alguien remueve con un palo. El limo sube, el agua se enturbia y basta con esperar para que todo vuelva a asentarse. Es una imagen que describe el fenómeno y a la vez indica su resolución, lo domestica. Asegura que la turbiedad es solo una fase. Que hay un guion establecido. Que se trata de un portal que hay que traspasar para llegar a la calma, al flow.

A este fenómeno del caos mental de los primeros días de retiro, se añade otro. Porque no solo me doy cuenta de que pienso raro, sino que también siento raro. Estoy más irritable, más sensible a todo lo que ocurre: un gesto, un encargo, alguien hablando. La turbiedad no es solo mental. Es también emocional, interpersonal.

Y aquí el retiro deja de parecerse a lo que se supone que es. Uno llega creyendo que se retira del mundo, y descubre que la sesshin no es menos mundo, es mundo concentrado: roles, jerarquías, tensiones, la presión muda de ocupar un lugar dentro de una comunidad. Todo lo que en la vida ordinaria está diluido en distancias, intimidad y pantallas, aquí está comprimido en unos metros cuadrados sin escape posible. La sangha no funciona como un refugio. Funciona como una lupa.

El que llega viene de un mundo hecho de individuos. Trae consigo un perfil entrenado durante décadas en administrarse a sí mismo, decidir sus horarios, defender su territorio. Y sobre ese perfil la sesshin superpone otro: el de quien se entrega a una forma común, a un ritmo que no ha elegido, a un rol que no ha negociado. Los dos perfiles no encajan. Rozan. Y ese roce se traduce en irritabilidad.

Podría decirse entonces que la irritabilidad de los primeros días no es un obstáculo de la práctica sino su primer fruto. No porque sea agradable, sino porque hace visible algo que en la calle permanece oculto: el yo trabajando. El yo que compara, que mide su sitio, que registra agravios minúsculos, que se defiende de una disolución que nadie le ha pedido todavía pero que intuye. Estudiarse a uno mismo, decía Dōgen, es olvidarse de uno mismo. Lo que los dos primeros días muestran es al que no quiere ser olvidado. Reaparece disfrazado: de sensibilidad herida, de juicio sobre el vecino de zafu, de esfuerzo que exige reconocimiento.

Luego llega el tercer día y con él, puntual, la calma. Los pensamientos se espacian, el agua se aclara, uno empieza a estar disponible para los demás sin esfuerzo, instalado en algo que se parece mucho a lo que prometían los textos. Todo invita a llamarlo claridad.

Pero es exactamente ahí donde conviene detenerse y observarse. Porque hay dos maneras de que un agua deje de estar turbia: que el limo se asiente, o que uno deje de mirar el fondo. La calma del tercer día puede ser nitidez, pero puede ser también acomodación. El yo que, viendo que la resistencia no prospera, cambia de estrategia y se vuelve dócil, colaborador, sereno. Un yo bien adaptado al monasterio no es un yo olvidado. Es un yo con mejor disfraz.

No tengo manera de distinguir una cosa de la otra desde dentro. Quizá nadie la tenga. Solo sé que el tercer día llega, que el agua está clara, y que sigo sin saber qué hay en el fondo.

© 2026 Kai's. Todos los derechos reservados.
La reproducción, distribución o comunicación pública, total o parcial, de este contenido queda prohibida si no se cita expresamente su procedencia.