Todo relato sobre la realidad abarca únicamente una perspectiva de esta. Y cuando hablamos de los relatos que otros nos ofrecen, en realidad nos referimos a nuestra perspectiva de lo que nos han contado: no aquello que oímos, sino aquello que interpretamos. La mediación es doble, y cada capa añade distancia entre nosotros y lo que pretendemos conocer.
Ninguna perspectiva explica por completo nada. No porque nuestra capacidad sea limitada —aunque lo es— sino porque nada sucede de manera completa en un momento determinado. Los fenómenos no tienen bordes nítidos ni instantes en los que puedan ser capturados del todo. Es como cuando observamos la luna: solo vemos la cara que se muestra. La otra mitad existe, pero permanece en una oscuridad que no es ausencia sino simplemente lo que no podemos ver desde donde estamos.
De la realidad solo tenemos nuestra experiencia. Más aún: nuestra experiencia es nuestra realidad. Hay tantas realidades sobre una misma cosa como experiencias existen en torno a ella. Esto no es relativismo —no significa que todo valga igual— sino que el mapa no es el territorio, y que el territorio, en rigor, nunca lo pisamos directamente.
El problema no es que tengamos perspectivas parciales. El problema es que lo olvidamos —o nunca llegamos a saberlo— y nos enganchamos a ellas.
Engancharse al relato que hacemos de las cosas es una forma de adormecimiento. Sumergirse en el mar de narrativas, tanto propias como ajenas, es esposarse a los relatos. El relato determina la manera de pensar, los sesgos, la forma en que interpretamos lo que nos sucede. Cualquier relato —propio o ajeno— sustituye a la experiencia: la reduce a una historia con unas determinadas razones, unas causas, unas emociones, unas consecuencias. Lo que era vivo y complejo queda nombrado, fijado y concluido.
El relato, además, coloniza. Persiste en nuestras rumiaciones mucho después de que el acontecimiento haya pasado. Vivimos en nuestros relatos: nos reímos, lloramos, nos emocionamos o nos preocupamos por historias que ocurren solo en nuestra atestada vida mental. El relato acaba siendo vivencia. Se instala como una capa entre nosotros y lo que ocurre, y termina siendo la base de buena parte de lo que sufrimos: lo que nos decimos que poseemos y debemos vigilar, lo que creemos que perdemos y ante lo que nos resignamos o nos conminamos a recuperar. La resignación tiene la estructura de un relato. La posesión también. El mundo que habitamos es, en gran medida, un mundo narrado: «y el verbo se hizo carne».
La meditación busca interrumpir ese proceso. No ofrecer un relato mejor, sino detener la maquinaria del relato. Desasirse de él. Dejar de juzgar, de valorar, de ponderar. Abandonar el dualismo que clasifica todo en bueno y malo, en lo que quiero y lo que rechazo. Salir del ensueño en el que la narrativa construye un mundo paralelo que habitamos como si fuera el único.
Hay un espacio al otro lado de ese proceso: un vacío —el silencio que invaden las palabras— donde no hay narrativa porque no hay interpretación, ni juicio, entre el que percibe y lo percibido. A eso apunta la práctica. No a comprender mejor la realidad —comprender es ya un relato— sino a emerger en ella sin intermediarios.
Despertar no conlleva haber encontrado el relato verdadero. Sino haberlo abandonado. Este texto, naturalmente, es también un relato. Ya puedes olvidarlo.

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