Los misterios sólo lo son para la inteligencia.

Es una de las ideas más importantes que atraviesan la Carta a un religioso, de Simone Weil. La inteligencia, dice, no es la única manera de tocar la verdad. Hay otras facultades. Entre ellas se halla la que Weil denomina «amor sobrenatural».

La palabra puede parecer extraña. No se trata de un amor más grande, ni más intenso. Es un amor sin gravedad, sin la lógica de dar para recibir. Por eso es sobrenatural. Se manifiesta sobre todo como atención desinteresada, y como capacidad de seguir amando cuando ya no queda nada de uno mismo esperando ser correspondido.

Una puesta de sol, por ejemplo. Puede que se sienta una felicidad que invade y reconcilia con el mundo entero. En ese instante no hay deseo de posesión. No hace falta que la puesta de sol sea para uno, ni que cambie nada. Basta con que exista tal como es.

Mercè Ibars propone algo muy parecido ante una obra de arte. En su libro No pienses, mira aconseja frenar la necesidad de comprender lo que se ve. Sugiere dejarse impresionar primero y, a partir de las sensaciones que se despierten, comprender después.

El gesto es el mismo. Silenciar la inteligencia en un primer momento. Frenar los sesgos. No comprimir lo que aparece hasta reducirlo al tamaño de la propia cabeza. Sin filtros intelectuales. Sólo así puede entrar luz. Y, más tarde, si es necesario, comprender mejor, ya que habrá más experiencia.

Silenciar la inteligencia de entrada (el no pensar de Ibars) tiene dos razones. Una es de proporción. No se puede anteponer la inteligencia a algo mucho mayor que ella, algo que no puede abarcar, como expone Simone Weil cuando aborda un «misterio» religioso.

La otra es de cuidado y de método. Buscar «entender» demasiado pronto es una de las formas más extendidas de «jibarizar» lo que nos trasciende. De reducirlo, como las cabezas de los jíbaros, hasta que quepa en la mano y colgarlo después como un trofeo. Se trata de una necesidad de control más que de comprensión. Si realmente se quiere comprender, primero hay que recibir.

En el zen, esta idea puede aplicarse a los koan y al kusen.

Un koan sólo es un enigma para la inteligencia. No se resuelve pensándolo. Se recibe sin pedirle sentido, como se mira una puesta de sol. Sólo se deja reposar y, quizás, un día sea él quien responda.

En el kusen las palabras caen como la lluvia. No se les pregunta su origen, ni su intención, ni su significado. Se deja que traspasen. Las palabras son agua.

Para Weil, ese amor es consentir que el otro exista tal como es, sin reducirlo a lo que se necesita de él. En el zen no se le pone nombre. Los misterios siguen siendo misterios. Sólo han dejado de ser un problema.

Sobre el kanji 観 (kan)

La parte derecha, 見 (ken / miru), significa ver, mirar. Es un carácter muy antiguo que, en sus formas más arcaicas, representaba de manera esquemática a una persona dirigiendo la mirada hacia algo.

La parte izquierda de 観 es una forma simplificada de 雚. En el origen del carácter funcionaba sobre todo como elemento fonético, es decir, indicaba cómo debía pronunciarse. Pero también designaba un ave zancuda, y la tradición suele explicar el conjunto como la mirada quieta de la garza que observa el agua.

El significado básico de este kanji es «observar», «contemplar», «mirar atentamente». Aparece en palabras vinculadas a la contemplación y a la percepción.

Está en el nombre de Kannon (観音), abreviación de Kanzeon (観世音), que significa literalmente «el que contempla los sonidos del mundo».

Kannon es el nombre japonés más habitual de Avalokiteśvara, el bodhisattva que percibe el sufrimiento de los seres.

En la práctica sōtō aparece cada día, ya que el Hannya Shingyō empieza con 観自在菩薩, Kanjizai Bosatsu, el mismo bodhisattva con otro nombre, «el que contempla libremente».

Contemplar los sonidos, no escucharlos; mirar lo que se oye. En definitiva, dejarse «mojar» por ellos.

— La caligrafía que ilustra este artículo es de Nel Yukai [真音流 悠海]

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