Hay casas en las que la televisión está siempre encendida, aunque nadie la mire. Hay quien no va a ningún lado sin auriculares, ni espera el autobús sin mirar el teléfono, ni cocina sin una música de fondo. Para estas personas, el silencio dura lo que tarda en abrirse el primer hueco y el hueco se llena antes de que lleguen siquiera a darse cuenta.

Se suelen poner las causas fuera. Que si el mundo es ruidoso, que si las pantallas, que si la oferta es inagotable. Es cierto, pero no es suficiente. El ruido no solo nos llega. Lo buscamos, y cuando lo echamos de menos, lo hacemos con una inquietud ansiosa que se parece más al miedo que a una contrariedad.

Lo que el ruido tapa no es el silencio, sino lo que aparece en él. En cuanto callan las voces de fuera, empieza la de dentro, la que repite la conversación de ayer, vuelve sobre lo que dijimos o nos dijeron, repasa aquel error o la tarea pendiente. No nos distraemos del mundo, usamos el mundo para distraernos de nosotros mismos. Es una evasión.

Aquí no vamos a defender la rumiación. Rumiar es masticar hasta deformar una y otra vez la misma escena, la misma frase, la misma ofensa, y es comprensible querer escapar de este bucle. Pero escapar no hace que se disuelva. Es como evitar a alguien que quiere decirnos algo que ya creemos saber. Se cambia de acera, se deja que suene el teléfono, pero con ello no desaparece ese alguien ni lo que nos quiere decir. Simplemente no lo vemos ni lo escuchamos, aunque sabemos que sigue ahí, esperando. Esperándonos.

Para desactivar la rumiación, no vale evadirse. Hay que mirarla. Y mirarla empieza por ver lo que despierta, porque nunca llega sola. Trae rabia, miedo, vergüenza, ansiedad. Y ahí aparece algo que el ruido no nos permite llegar a saber: que lo que sentimos no viene de fuera. Quizás algo nos ofendió una vez, hace días, y la ira vuelve renovada cada vez que la escena se repite por dentro. Lo que la mantiene viva no es el hecho, sino el relato que hemos construido de él y que nos contamos una y otra vez.

La misma frase que nos ha dirigido una persona puede interpretarse de maneras distintas, como un descuido o como algo intencionado, y según la versión que escojamos puede generar indiferencia o alterarnos. Epicteto lo dejó escrito hace casi dos mil años: no nos perturban las cosas, sino lo que pensamos de ellas. Chantal Maillard, poeta y filósofa, va un poco más allá en «Para una educación senti-mental», donde dice que quien no sabe separar la emoción de las ideas que lleva aparejadas no es libre para actuar.

Mirar la rumiación no es darle más vueltas. Pensar sobre lo que se piensa es otra manera de rumiar, con mejores argumentos. Mirar es dejar que la escena pase sin entrar en ella, como quien ve llover desde la ventana. Y para eso hay que dejar de acudir a cada estímulo que viene de fuera. Se requiere silencio, pero el silencio no estudia la mente. Solo deja de taparla, igual que la luz no lee, aunque sin ella no hay lectura.

Sara Maitland llevó esa quietud hasta el final, y lo cuenta en «Viaje al silencio». Pasó semanas sola en la isla de Skye, viajó al Sinaí buscando revivir la experiencia de los padres del desierto, los monjes que en el siglo IV se retiraron a Egipto para vivir en soledad y silencio, y acabó instalándose en un lugar apartado de Galloway, en el suroeste de Escocia. Lo que encontró no fue precisamente calma. Los sentidos se agudizaban hasta resultar insoportables, las emociones crecían sin motivo y, en los periodos más largos, llegó a oír voces. El silencio no le devolvió un lugar vacío, sino más poblado que nunca. Los monjes del desierto ya lo sabían. Entre los dichos que Maitland rescata, uno advierte que quien guarda silencio en soledad se libra de tres guerras, la de oír, la de hablar y la de ver, pero que «tendrá sin embargo que librar continuamente otra batalla contra su propio corazón».

Para ellos el sonido era un adversario, y se retiraban al desierto para alejarse de él. En otro de los dichos que recoge Maitland, un anciano oye el rumor de los juncos y concluye que, si la voz de un pájaro ya quita la quietud, cuánto más ese ruido.

El zen cuenta la misma historia al revés. Kyōsei, un maestro chino del siglo X, preguntó a un monje qué era aquel ruido de fuera. El monje respondió que era la lluvia, y Kyōsei le reprochó que se perdía persiguiendo las cosas. Maitland buscó el silencio, el desierto huía del ruido. El zen, en cambio, ni busca ni huye. Se sienta en medio de los sonidos que llegan y los deja pasar. La historia de Kyōsei nos cuenta que, para el zen, el silencio no es solo que no haya ruido, sino no ir detrás de él.

Al final, el silencio de fuera es necesario, pero no basta. Apagar el ruido de la calle permite oír el de dentro, que es el que importa. Ese núcleo duro, el propio pensamiento, viene con nosotros a la isla, al desierto o al dōjō más callado. Por eso la práctica no consiste solo en conseguir un lugar silencioso, sino en sentarse en él con la rumiación, sin huir de ella ni pelearla. Verla llegar, insistir y pasar.

Y si en ese silencio se escucha el tiempo suficiente, sin contestarle, uno descubre que esa voz que insiste es la suya, y que el que escucha también es una voz más. Dōgen lo dijo en el «Genjōkōan»: estudiarse a uno mismo es olvidarse de uno mismo. No escribió conocerse, ni dominarse. Escribió olvidarse. Nadie echa al yo. Simplemente deja de hacer falta.

Estas páginas tampoco se libran. También son palabra y han reclamado una atención que podía haber quedado libre. En alguna casa la televisión sigue encendida. En otra, alguien acaba de apagarla, y una voz que llevaba tiempo esperando empieza a hablar.

Kiku [聞]

聞 se lee kiku como verbo, «escuchar», y bun o mon en compuestos. Está formado por 門, «puerta», y 耳, «oreja». Una oreja en la puerta. Es el carácter de 聞法 (monbō), «escuchar el Dharma», y también de 新聞 (shinbun), «periódico», literalmente «lo nuevo que se oye».

– Caligrafía de Nel Yukai [真音流 悠海].

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