
Quizás uno de los capítulos más difíciles de entender en la práctica del zen es el de la no intención.
Como en cualquier cosa en la vida, todo en zazen parece ser fruto de una decisión: practicar, sentarse, no subordinarse a los pensamientos que van apareciendo, dejarlos suceder, asistir a cómo desaparecen. Todo esto requiere la intención de llevarlo a cabo.
Incluso, una vez sentados, mantener la postura exige una intención continuada: mantener los ojos semicerrados evitando que los párpados caigan, revisar la posición de la espalda, recolocar la pelvis, prestar atención a que las manos no cuelguen; nada de esto ocurre por sí solo. Requiere correcciones constantes, y cada corrección es, de nuevo, una intención.
¿Cómo puede entonces hablarse de no intención?
Posiblemente porque la palabra “intención” puede llevar a significados distintos.
Hay una intención que empuja a sentarse, a enderezar la espalda, a corregir una y otra vez la postura que se descuadra. Esa intención no se puede evitar: es la que pone el cuerpo ahí, cada vez. Con la práctica, sin embargo, se vuelve menos consciente. Ocurre como con la bicicleta: al principio hace falta atender el equilibrio, hasta que en algún momento uno simplemente va, sin pensarlo. La intención no desaparece, pero deja de ocupar la atención: sale de la esfera del control consciente y pasa a hacerse sola, como conducir o bajar una escalera.
Pero hay otra intención, distinta, que suele colarse detrás de la primera: la que busca conseguir algo con todo esto; calma, claridad, una versión mejor de uno mismo, despertar. Esta segunda intención no se diluye con los años de práctica, como la de la postura. Se diluye en el instante en que se la reconoce como innecesaria, igual que ocurre con la respiración: puedo decidir prestarle atención, seguirla e incluso dirigirla. Pero en el momento en que lo hago, descubro que no la estaba dirigiendo yo. Ya estaba ocurriendo, antes de que decidiera prestarle atención, y seguirá ocurriendo después de que deje de hacerlo. Mi intención no la creó, solo me hizo darme cuenta de que ya estaba sucediendo por sí sola.
Deja de ser entonces un asunto de control. No hace falta ningún aprendizaje, ningún año de práctica, para que esto sea así, ni siquiera en la primera sentada. Basta con soltar, con dejar de aferrarse a aquello que nunca necesitó ser aferrado. La intención de atender no fabrica la respiración. Y en cuanto se suelta esa vigilancia, la respiración sigue, con o sin intención, como siempre lo hizo.
Con zazen ocurre algo parecido. La intención de sentarse no fabrica lo que sucede al sentarse; solo pone el cuerpo ahí donde eso ya puede manifestarse.
Esa segunda intención, menos funcional que la primera, tiene en el zen una relevancia importante.
Intención y ego van de la mano. Toda intención conlleva un querer, y todo querer pertenece a la esfera del ser: alguien que quiere, alguien que decide, alguien que se dirige hacia algo. Es el ego afirmándose como sujeto. Incluso lo que llamamos «tomar consciencia» suele ser, en realidad, el yo apropiándose de la consciencia: convirtiéndola en su instrumento, en algo que él dirige y posee, cuando quizás la consciencia sea más amplia que el yo que cree ejercerla.
Pero zazen no es ser. Es, en todo caso, no ser. Y ahí radica una razón poderosa de la necesidad de la no intención: si zazen se basase en el querer, seguiría atado a la esfera del ser de la que precisamente busca soltarse.
Sin embargo, decir esto no basta para eliminar totalmente la intención de la ecuación, sin más. Porque quien decide sentarse a practicar es, inevitablemente, el ego. Nadie más puede tomar esa decisión. No se trata de que el ego desaparezca para que zazen sea posible. Eso sería pedirle al ser que se descree a sí mismo antes de empezar, una contradicción de partida.
Se trata de otra cosa. No es un acto de destrucción, sino de un soltar que puede darse entero en cada sentada, no en la suma de todas ellas. El mismo ego que quiere, que decide, que se dirige hacia algo, genera aquí una intención distinta, la de dejar de aferrarse a esa misma estructura de querer. No hace falta ir gastándola con los años; basta con dejar de esperar algo de ella.
Zazen empieza con intención porque no puede empezar de otra manera. Pero esa misma intención, en cuanto se la suelta, deja de ser necesaria, como la respiración que sigue sin que nadie la dirija.
Es importante subrayar que no hay que eliminar el ego para practicar zazen, ni el ego es un enemigo a batir. Es, simplemente, un mecanismo: el relato que nos permite interactuar con el mundo, decidir, sentarnos a practicar. La no intención no es la ausencia de ese mecanismo, sino el instante en que deja de necesitar dirigirlo todo. Empezamos queriendo. Siempre hay un motivo que nos acercó por primera vez a un zafu. Y ese motivo, poco a poco, puede dejar de pedir nada a cambio.
El kanji 息 del inicio del artículo significa “aliento” y su pronunciación es iki (en japonés)
El carácter combina 自, uno mismo, con 心, el corazón o la mente (recuerda que en la tradición oriental no existe una separación tan clara entre razón y emoción como la que solemos hacer en Occidente).
El sentido del Kanji 息 en este artículo sería el de que el aliento ya estaba ahí, en el centro, antes de que nadie quisiera dirigirlo.
La caligrafía es de Nel Yukai [真音流 悠海]
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