A menudo, la ayuda es una transacción: quien ayuda, a cambio, cobra. No siempre en forma de agradecimiento; a veces basta con verse a sí mismo como alguien que ayuda. El pago puede ser tan discreto que ni se note y pase inadvertido. Pero la contabilidad no se detiene nunca. El yo es, ante todo, un contable.

Por eso la bondad puede llegar a cansar. No porque el otro pida demasiado, sino porque hay alguien llevando las cuentas y ese alguien se harta. «Ya he dado bastante», dice. Se trata del contable cerrando caja.

Ni siquiera el sacrificio escapa. El sacrificio tiene protagonista: el que se sacrifica. Y ese protagonista está, en secreto, satisfecho. Renunciar a todo puede ser la forma más refinada de quedarse con todo.

Mientras hay alguien ayudando, hay dos. Uno que da y uno que recibe y entre ambos una distancia. Esa distancia puede parecer respeto, pero es un cristal. El que ayuda mira al otro desde su orilla, a salvo. Toda ayuda que deja intacto al que ayuda es, en el fondo, una forma educada de indiferencia. Nada del otro pasa a quien ayuda, nada le altera, nada le cambia de sitio. Se trata de incidir en una situación desde fuera, como quien arregla algo con guantes. No es lo que se hace lo que falla, sino mirarse hacerlo. El asiento se cede igual; el enfermo queda igualmente atendido. Pero sobra el que mira.

Dōgen escribió que estudiar el yo es olvidarse a sí mismo. No dijo mejorarlo, ni purificarlo, ni ponerlo al servicio de los demás. Dijo «olvidarlo».

Olvidarse a sí mismo no es una hazaña espiritual. Ocurre muy a menudo. Alguien escucha y, durante un instante, no hay nadie escuchando, solo lo escuchado. Alguien atiende a un enfermo y no hay nadie atendiendo, solo el calor y la respiración del otro. Después, quizás el yo aparece para firmar el acto (qué bien he escuchado, cómo he ayudado). Pero esta firma siempre llega tarde. El acto ya había ocurrido sin ella.

Sentarse en silencio no fabrica ese olvido. Sería otra transacción (medito para ser mejor, para dar más, para vaciarme). Y el que quiere vaciarse es el yo, otra vez, negociando su propia desaparición a cambio de algo. Sentarse es más simple. Es dejar de atender la contabilidad. Los números siguen ahí un rato, reclamando atención; hasta que nadie los mira.

Y cuando nadie atiende a esta contabilidad, lo que queda no es frialdad. Esto es lo que no se suele explicar. Cabría esperar que, retirado el yo, se retirara también el interés por los demás. Pero sucede lo contrario. Retirado el cristal, el otro está más cerca que nunca; tan cerca que la palabra «otro» empieza a sobrar. No hace falta inclinarse hacia él; nunca hubo una orilla desde la que inclinarse.

No hay nada que sentir al respecto. Ninguna emoción especial, ningún calor en el pecho que confirme que se ha hecho bien. Solo queda esto: alguien se levanta en el autobús, cede el asiento y ya está mirando por la ventana. No sabe que ha hecho algo. Porque, en su lugar, en realidad, no hay nadie que quiera saberlo.

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