Una transmisión especial fuera de las escrituras,
sin apoyarse en palabras ni letras.

Atribuido a Bodhidharma

Este artículo está inspirado en la lectura de Chantal Maillard, La vía previa. O cómo pensar una ascesis para estos tiempos (Galaxia Gutenberg, serie Cinco ratones ciegos). Un libro breve, denso y exigente. Muy recomendable para cualquier persona interesada en atisbar hasta qué punto las creencias, el yo y el lenguaje se interponen entre nosotros y lo que percibimos.

En este breviario, el tercero de una serie de cinco, Maillard propone una ascesis en el sentido griego de la palabra, es decir, un ejercicio, un entrenamiento sin dioses ni promesas, una disciplina de la atención que lleva hasta los límites del pensamiento y allí nos deja.

De lo que he subrayado, destaco algunas ideas.

La primera: el yo es lo que añade a las sensaciones el juicio y la creencia. Desprenderse de sí no es otra cosa que desprenderse de ambos, lo que Maillard llama la vuelta a la inocencia.

La segunda: el miedo va de la mano de la creencia. Cuando la idea de lo que somos se tambalea, buscamos un punto firme donde detenernos y nos vale cualquier palabra escrita con mayúscula (Dios, Vacío, Consciencia…). Incluso la Nada, advierte, puede acabar convertida en una idea más.

La tercera: no hay manera de librarse del proceso mental con la propia mente. Todo discurso sobre un más allá se construye aquí, dentro de los límites del lenguaje. Pretender alcanzar con palabras lo que las trasciende es una incoherencia.

La cuarta: la devoción y el entrenamiento son cosas distintas. La primera pertenece a la creencia; el segundo, al conocimiento. Con el deseo y el miedo, el yo engorda.

La quinta, una paradoja: para alcanzar lo que se anhela hay que abandonar la voluntad que pertenece al anhelo.

La sexta, una advertencia: quien se dedica a observar su mente corre el riesgo de fabricarse un yo superior, más consciente, más elevado. Ay de quien crea haber salido de aquí estando aquí, avisa Maillard. Todo lo que puede pensarse o decirse pertenece al yo.

Y la séptima, quizá la que más me ha resonado: lo más útil, y también lo más sano, es dejar ciertas cosas sin explicar. Lo vivido fuera del yo, cuando se intenta contar, queda atrapado en el lenguaje de lo ya conocido, y las interpretaciones lo empobrecen.

Leyendo a Maillard entiendo que el ruido no es tan solo lo que viene de fuera y rompe el silencio. Tampoco son los pensamientos que pasan y nos distraen de nuestro punto de concentración cuando meditamos. Maillard insiste en que puede ser algo que suele pasar desapercibido y que incluso alimentamos sin darnos cuenta: nuestras creencias, el filtro por el que pasa todo lo que percibimos. Ese es el ruido fundamental. No suena, pero lo tapa todo.

Por eso el silencio en el zen no es solo ausencia de sonido. Es percibir sin tamiz previo. Sentarse y dejar que lo que aparece aparezca, sin añadirle juicio ni creencia. Nada que alcanzar, nada que confirmar; lo que la tradición llama mushotoku y Maillard describe como abandonar la voluntad que pertenece al anhelo.

Zazen no promete nada. En eso coincide con la ascesis que propone Maillard; es entrenamiento, no devoción. Ahora bien, se dirá que el zen está lleno de ritos: saludos, postraciones, ceremonias. ¿No es eso devoción?

No necesariamente, depende de cómo se vivan. Byung-Chul Han, en La desaparición de los rituales, entiende el rito como una técnica simbólica que nos saca de nosotros mismos. El rito no pide sentir nada especial ni expresar nada propio; pide hacer lo que se hace. Por eso nos libera de la autorreferencia, justo lo contrario del narcisismo que domina nuestro tiempo.

En el dojo, el rito cumple esa función. Crea comunidad. Somete el ego a una forma común que no se elige ni se discute. Y abre un espacio aparte, un umbral que marca un antes y un después respecto a nuestros quehaceres, para que la práctica pueda ocurrir.

Vivido así, el rito no añade creencia, sino que la quita. Vivido como devoción, en cambio, la añade, y entonces cae de lleno bajo lo que advierte Maillard. El criterio, para todo lo que sucede en el dojo, es el mismo: ¿añade creencia o la quita?

Pero si hay algo que añade creencia y, por lo tanto, genera ruido con facilidad, es la palabra.

La palabra comprime lo percibido. Lo que llega es amplio, cambiante, sin bordes; la palabra lo recorta y lo convierte en algo manejable: una categoría, un objeto, algo asumible. No puede hacer otra cosa. Nombrar es reducir, y también separar. Douglas Hofstadter, conocido por su obra Gödel, Escher, Bach: un Eterno y Grácil Bucle, lo lleva a la raíz: cada palabra representa una categoría, dice, y por eso todo uso del lenguaje es, en el fondo, dualista. Es lo que señala Maillard cuando dice que lo vivido, al intentar contarlo, queda atrapado en el lenguaje de lo ya conocido.

Y cuando la palabra es de otro, la reducción se duplica. Escuchar cómo alguien describe lo que percibe no nos acerca a su experiencia, sino a sus categorías. Recibimos su percepción ya filtrada por su sistema de creencias, limitada a lo que él mismo pudo ver a través de sus palabras. Y si la acogemos sin cuidado, nuestra propia percepción empieza a ajustarse a ella. Buscamos sentir lo que nos han dicho que se siente, ver lo que nos han dicho que hay.

En el dojo esto incide especialmente. Quien escucha está sentado, abierto, con la guardia baja, que es justo el estado en que una palabra entra más hondo. Cada descripción ofrecida desde fuera puede convertirse en un filtro más, una expectativa que se interpone entre quien practica y lo que aparece.

De ahí la necesidad de vigilar la palabra. Hay tres prácticas que lo requieren especialmente.

La primera es el kusen, la enseñanza oral durante zazen. Mientras se limita a recordar la postura y la respiración, acompaña sin interferir, nos devuelve al cuerpo y no añade nada. Pero en cuanto va más allá, en cuanto describe estados, sugiere sensaciones o interpreta lo que ocurre, empieza a poner palabras donde la práctica pedía dejar espacio. Por eso, más allá de la postura, cada frase ha de medirse mucho.

La segunda es el teisho, la exposición de quien dirige la práctica. Conviene evitarlo en lo posible, salvo cuando se trata de trasladar una enseñanza fundamental, y aun entonces calculando bien el fondo, la forma y la oportunidad. El riesgo no es menor: hablar en público sobre la práctica invita a intelectualizarla, y con ello llegan la autocomplacencia y el narcisismo. Es el yo superior del que avisa Maillard, el que cree haber salido de aquí estando aquí y se ofrece como guía. Lo que se presenta como enseñanza puede acabar siendo creencias servidas a quien está sentado intentando soltarlas.

La tercera es la más cotidiana y quizá la más inadvertida: los comentarios entre practicantes sobre las propias experiencias. Lo vivido en zazen, al contarse, se reduce a lo que puede decirse y al escucharse se convierte en referencia. Uno compara, espera, busca sentir lo que el otro dijo sentir. Y quien lo cuenta, sin quererlo, fija en palabras algo que tal vez debía quedar abierto. También aquí vale lo que Maillard considera lo más sano: dejar ciertas cosas sin explicar.

Sara Maitland, en Viaje al silencio, define el silencio zen como un silencio «contestatario». Me quedo con la palabra. No es un silencio que huye del mundo, sino uno que se resiste: al ruido de fuera, pero sobre todo al de dentro, a las creencias que se adelantan a lo que percibimos y a las palabras que lo reducen antes de que llegue.

Callar, en el dojo, no es privarse de algo. Es dejar sitio. Sentarse, soltar y que lo que aparece aparezca.

Soy consciente de la paradoja: también este artículo es palabra. Ojalá diga lo justo y nos devuelva a solo sentarnos.

¡Silencio! Se medita.

Libros citados:

Chantal Maillard, La vía previa. O cómo pensar una ascesis para estos tiempos. Tercer breviario de la serie Cinco ratones ciegos. Un entrenamiento de la atención, sin dioses ni promesas, que lleva al lector hasta los límites del pensamiento y del lenguaje. Es aconsejable que antes hayas leído el primer breviario: Para una educación senti-mental. Principios de ética aplicada.


Byung-Chul Han, La desaparición de los rituales. Una topología del presente. Un ensayo sobre cómo los ritos, que daban forma común al tiempo y a la comunidad, se diluyen en una sociedad centrada en el rendimiento, la comunicación constante y el culto al yo.


Douglas Hofstadter, Gödel, Escher, Bach: un Eterno y Grácil Bucle. Un clásico que cruza matemáticas, arte y música para explorar cómo la autorreferencia puede dar lugar al significado y a la conciencia. Incluye diálogos inspirados en los koans zen.


Sara Maitland, Viaje al silencio. Relato personal de una escritora que decide vivir en lugares aislados para explorar el silencio en primera persona, y reflexión sobre su lugar en la naturaleza, la religión y la cultura.

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